Arrastra
los pasos con lentitud. Su brazo parecía
no tener fuerzas para sostener la espada. Pero eso no importa, ha terminado la
guerra contra los hombres del sur. Esas tierras ahora eran suyas. Había
masacrado cada uno de los habitantes del
castillo de cristal. Desde el bosque negro hasta las tierras frías del sur
todos le temían. Mañana atacaría la última ciudad libre de los enanos, solo por
el hecho que era lo único que le faltaba arrebatarle al mundo. Ahora, en la
soledad de la noche deja caer su armadura y se sienta en el lecho vacío. Llora
con amargura, recordando a su esposa que murió tratando de darle un heredero.
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