El
alcohol no hace ningún efecto en mí. Ya ni ese placer me es permitido. Llevo
cuatro días sin dormir. Estoy al borde de la locura. Sé que ella ha regresado,
lo sé por su forma de golpear. No quiero verla, no puedo perdonarla por haberme
abandonado. Nuestro matrimonio había durado 24 años, no fue malo pero tampoco
bueno. Y todo se fue por el abismo cuando nuestra hija se fue con su novio, sin
pronunciar palabra, sin decir adiós. Esta gritando mi nombre, vuelve a golpear
la puerta con insistencia, arrojo la botella contra la pared y escupo: —Vete
perra, déjame en paz, soy feliz desde que te marchaste. De nuevo vuelve a decir mi nombre. Todo entre
nosotros se volvió rutina y costumbre, ninguno quería quedarse solo. Hasta el
sexo desapareció entre nosotros, prefería masturbarme con sus calzones sucios
que penetrar su inmunda cueva. Aun así vivimos ocho años más, hasta la noche
que todo acabó. Tengo miedo, a pesar que la puerta nos separa, puedo sentir su
rabia. Ya no golpea la puerta, la rasguña, el sonido es horrible que hace mis
dientes castañeen. Me acerco a la
puerta, puedo oler su perfume putrefacto que expele su cuerpo. Sé porque ha
regresado, sé muy bien porque está aquí. La última noche que la vi, le prepare
la cena y la invite a la cama, hicimos el amor de forma brutal y salvaje,
mientras le mordía un pezón, saque la navaja que guardaba debajo de la almohada
y se la hundí en el estómago, cuando el acero salió, la sangre brotó, lo cual
pareció excitarme más, entonces la penetré con fuerza, a su vez el cuchillo
cortaba su cuerpo una y otra vez. Eyaculé sobre ella cuando sus tripas caían
sobre la cama. La puerta empieza a ceder, puedo ver fragmentos de tierra,
tierra del lugar donde la había arrojado en pedazos. Lo primero que veo es la
piel rosada de una mano que se lanza hacia mi entrepierna.
No hay comentarios:
Publicar un comentario