El
hechicero miró el horizonte con sus ojos de arena, que observaban más allá de
la distancia y el tiempo. Se sentía viejo y por primera vez su túnica negra le
pesó. Trató de dibujar una sonrisa, dejando ver unos dientes amarillentos tan
antiguos como la historia, esta era
maligna como su alma. La calidez de su corazón no existía. Este era su destino
o mejor el deseo de ella. Mañana a esta hora habría sumido al mundo en caos y
destrucción en nombre de la mujer que amaba.
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