Despertó
de su oscuro sueño, cuando el acero atravesó su mano. Por primera vez sintió
vergüenza, dolor. No quería morir, no era que deseara estar vivo, era
el temor de encontrarse con Él, del momento en que lo viera a los ojos y le
preguntara ¿Por qué? Comprendió mientras el madero al que había sido clavado
era levantado, que había mancillado su nombre, había escupido en su rostro. Jamás
pudo entender sus sentimientos, sus instintos,
eran tan fuertes que solo podía dejarse llevar, al principio solo quería tocar
sus cuerpos imberbes, con el tiempo no fue suficiente, debía poseerlos,
lastimarlos, arrebatarles la vida. Eso los hacía sentir un dios, tan grande,
que no pensó que el olor a semen y a sangre que impregnaba su sotana lo
delatarían. Ahora que sabía que su tiempo se extinguía tenía miedo de descubrir
si Abba era real. Tardo 33 horas en morir a pesar de las heridas propinadas por
cada una de las madres de los 17 niños que había asesinado. Desde ese día todo
cura que llegaba al San Juan de la verde pradera era crucificado antes de que
pudiera desempacar sus maletas.
—San
Juan de la verde pradera será una de las tres pequeñas poblaciones que visitara
el santo padre, en su viaje por nuestro país.
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