Estaba enojado, arrojó
una bocanada de fuego de sus fauces. El fuego calcinó a una mujer y su hija.
Los pequeños dos patas, se habían atrevido a mucho. Antes solo se limitaban a amenazarlo
con sus pequeñas lanzas puntiagudas, que a él ni cosquillas le producían.
Algunas veces nos les prestaba atención, otras hasta jugaba con ellos, no
olvidada comerse a uno o dos hombres para que le siguieran temiendo. Esta vez
fue diferente habían entrado a su cubil, llevándose su tesoro y la cosa que más
amaba en el mundo, la princesa Dinah. No le importaba las montañas de oro que
le habían robado, era el dolor que
sentía al recordar las lágrimas que vio en los ojos de Dinah, cuando rogaba a
los caballeros que no se la llevaran, que no quería marcharse de su lado, que
no quería dejarlo solo, que lo amaba. Uno de los hombres rió, abofeteó a la
joven y la sacó de la cueva. De ese modo el gran Sorthegh, un brillante dragón
rojo, lloró lágrimas de diamante, e hizo de las tierras del sur un infierno al
saber que la princesa había muerto de tristeza. Muchos dos patas murieron,
hasta que lograron cazar y asesinar a Sorthegh, de ese modo empezó el fin de la
era de los dragones.
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