Se
puede decir que fue amor al primer roce, el transmilenio va repleto,
bueno eso no es noticia, lo era la morena que se hace delante mío,
por lo menos su belleza debía ser un cable de último minuto. Trato
de mirar hacia otro lado, pero es imposible no fijarme en aquellas
curvas a penas cubiertas por un vestido que se le pega como un
guante. El articulado frena y nuestros cuerpos se juntan, intento dar un paso hacia atrás, no quiero ser acusado de violador. Puedo
sentir su perfume que me embriaga, me imagino saliendo con ella, deseo besarla. Mientras divago en mis pensamientos, ella se
acerca mucho más, empiezo a ponerme nervioso y ruego porque mi
parada llegue pronto. Algunas mujeres son malvadas y los hombres
somos pendejos, ella parece gozar con mi sufrimiento. Después de
aquella tortura que dura quince minutos, donde yo invento diez vidas
con ella, el bus se detiene y abre sus puertas. Me mira y sonríe de forma sexy, casi perversa, se marcha dejándome
alterado, enamorado y maldiciendo mi timidez. Cuando me pasa la excitación descubro que mi teléfono y mi billetera han desaparecido.
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