Me hice escritor para no convertirme en un asesino.

lunes, 17 de agosto de 2020

CASTIGO

 

Al abrir los ojos vio caer la cabeza podrida de una chica a sus pies, la recordaba bien, fue su primera víctima con la que demostró que tenía las pelotas para el trabajo. Giró la cabeza vio dos cuerpos que se caían a pedazos, eran los dos hermanos que había descuartizado en su cuarta misión. Corrió pero fue detenido por una mujer que tenía el rostro carcomido por los gusanos, esta vomitó las entrañas sobre él, a ella la habían tenido atada en una casa vacía por año, hasta que murió por inanición. Tropezó y cayó sobre lenguas, ojos, dedos, narices, su estómago le ardía al pensar en los 10 jóvenes que había asesinado de forma salvaje y brutal, solo para iniciar la lucha con el grupo armado de la zona. Un cuerpo incinerado le entregó un feto maloliente, le escupió fuego y se desvaneció. Se puso en pie y huyó de nuevo, mientras las 174 víctimas lo perseguían para recordarle cada uno de sus pecados. Las había ejecutado porque era su deber, por obligación, por placer. Quiso saltar al vacío, acabar con todo, pero por alguna razón no podía hacerlo, mientras cuerpos putrefactos lo abrazaban, acariciaban, besan, golpeaban, despedazaban. Fue recobrando la conciencia para darse cuenta que estaba atado a una camilla.

—Está despertando —dijo la enfermera— el efecto de la "droga" está pasando.

—Son las cuatro de la tarde —exclamó el guardia—, inyéctenlo de nuevo, aún puede soportar unas horas más de castigo.


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