Cuando escuchó las
botas sonando contra el pavimento en la plaza central, Myriam agarró sus cuatro
chiros y huyó de la guerra. Tres días duro su odisea, en los cuales se arrastró
en el barro, bebió agua infecta, caminó en la noche, hasta que cruzó la
frontera. Al fin había dejado atrás el país que la tenía aguantando hambre, que
la obligaba a tener la cabeza agachada, donde te mataban por respirar distinto
a lo ordenado. Había llegado a la tierra prometida. Tres horas después sus
tripas sonaban por el hambre, caminaba contra la pared tratando de no estorbar
a las personas que la miraba con desprecio y lástima. Cuando rogó por un bocado
de comida le arrojaron las sobras del perro. A las nueve de la noche mientras
un tipo gordo, baboso y borracho le bajaba la ropa interior por cuatro
billetes, ella pensaba que su suerte iba a cambiar.
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