Aeropuerto, cinco de
la mañana, hacía frío. Nicolás Jiménez esperaba junto a
sus compañeros a que llegara el capitán encargado de su compañía. Todo había
sido muy rápido, todo se había precipitado cuando un misil S-300 había
impactado en la casa presidencial matando al presidente y a sus colaboradores.
Luego la vicepresidenta declaró la guerra. Cinco horas después Nicolás fue
sacado de su catre, obligado hacer las maletas y subido a un camión. No había
podido despedirse de su madre y, ni de su novia. Les habían dicho que irían a
defender la soberanía del país, la libertad de sus compatriotas. Parado en la
oscuridad empezaba a tener miedo, no quería morir en otras tierras, en otro
país. Recordó la promesa de Adriana, le daría la prueba de amor cuando
terminara de prestar el servicio militar. Rogó por su madre y sus hermanos, se
dio cuenta que era la primera vez que pensaba que no volvería a verlos.
El capitán era
alto, su cabello escaso y su barriga sobresalía del pantalón, llegó gritando
órdenes sin mirarlos a los ojos, les dijo que debían estar orgullosos por ser
el primer contingente en ir a la frontera, ellos devolverían el golpe al
enemigo, enfrentarían al dictador, usurpador y criminal, del otro país. Cuando
les ordenaron subir al avión Nicolás no se movió de su puesto, sintió que la
orina bajaba por su pierna.
—Soldado —gritó el
superior— no escucho lo que dije.
—Si señor, pero yo
no voy a ir ningún lado.
—Maricon de mierda,
no se lo estoy pidiendo...
—Lo sé señor, pero
prefiero que me maten a aquí y no en otro lugar, —el capitán lo miró
sorprendido, el joven ni siquiera sabía lo que había dicho. Sus compañeros se
detuvieron, observaban asombrados la actitud de Nicolás. El rostro del capitán
se fue poniendo rojo, comenzó a sudar y exclamó:
—Por última vez,
súbase al maldito avión.
El joven no
respondió, deseaba correr, huir, no lo hizo, pidió perdón a su
madre, no podría cumplir la promesa que le había hecho. El hombre al ver la
decisión del recluta comenzaba a ser contagiosa, los otros reservistas ponían
sus morrales en el suelo, escupió y desenfundó su pistola. Una lágrima corrió
por el rostro de Nicolás, quiso pensar en Adrianita, pero el aliento no le
alcanzó, la bala que le destrozó el pecho le quitó la vida al instante.
—Alguien más se
quiere quedar —preguntó apuntándoles. Los jóvenes soldados volvieron a recoger
sus cosas. En la pista del aeropuerto militar quedó tendido Nicolás Jiménez,
mientras sus camaradas se dirigían a jugar a la guerra.
No hay comentarios:
Publicar un comentario