Me hice escritor para no convertirme en un asesino.

viernes, 20 de septiembre de 2019

FRONTERA 2


Aeropuerto, cinco de la mañana, hacía frío. Nicolás Jiménez esperaba junto a sus compañeros a que llegara el capitán encargado de su compañía. Todo había sido muy rápido, todo se había precipitado cuando un misil S-300 había impactado en la casa presidencial matando al presidente y a sus colaboradores. Luego la vicepresidenta declaró la guerra. Cinco horas después Nicolás fue sacado de su catre, obligado hacer las maletas y subido a un camión. No había podido despedirse de su madre y, ni de su novia. Les habían dicho que irían a defender la soberanía del país, la libertad de sus compatriotas. Parado en la oscuridad empezaba a tener miedo, no quería morir en otras tierras, en otro país. Recordó la promesa de Adriana, le daría la prueba de amor cuando terminara de prestar el servicio militar. Rogó por su madre y sus hermanos, se dio cuenta que era la primera vez que pensaba que no volvería a verlos. 
El capitán era alto, su cabello escaso y su barriga sobresalía del pantalón, llegó gritando órdenes sin mirarlos a los ojos, les dijo que debían estar orgullosos por ser el primer contingente en ir a la frontera, ellos devolverían el golpe al enemigo, enfrentarían al dictador, usurpador y criminal, del otro país. Cuando les ordenaron subir al avión Nicolás no se movió de su puesto, sintió que la orina bajaba por su pierna.  
—Soldado —gritó el superior— no escucho lo que dije. 
—Si señor, pero yo no voy a ir ningún lado.
—Maricon de mierda, no se lo estoy pidiendo...
—Lo sé señor, pero prefiero que me maten a aquí y no en otro lugar, —el capitán lo miró sorprendido, el joven ni siquiera sabía lo que había dicho. Sus compañeros se detuvieron, observaban asombrados la actitud de Nicolás. El rostro del capitán se fue poniendo rojo, comenzó a sudar y exclamó:
—Por última vez, súbase al maldito avión. 
El joven no respondió, deseaba correr, huir, no lo hizo, pidió perdón a su madre, no podría cumplir la promesa que le había hecho. El hombre al ver la decisión del recluta comenzaba a ser contagiosa, los otros reservistas ponían sus morrales en el suelo, escupió y desenfundó su pistola. Una lágrima corrió por el rostro de Nicolás, quiso pensar en Adrianita, pero el aliento no le alcanzó, la bala que le destrozó el pecho le quitó la vida al instante.  
—Alguien más se quiere quedar —preguntó apuntándoles. Los jóvenes soldados volvieron a recoger sus cosas. En la pista del aeropuerto militar quedó tendido Nicolás Jiménez, mientras sus camaradas se dirigían a jugar a la guerra. 

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