El vestido era
de una pieza, así que fue fácil quitárselo, dejó que él la observará, que se
excitara con su ropa interior. Se desabrochó con lentitud el sostén y sus redondos
senos quedaron libres. Él estaba obsesionado con la pequeña prenda que ocultaba
el orificio que quería besar. No se quitó el panty, ni las medias, ni las botas de
tacón. Ella sabia como moverse para que un hombre perdiera la cabeza, suave, lenta, felina, sensual. Se acercó y lo besó en la boca, su lengua se
encontró con la de él. Él la acariciaba con torpeza, no sabía qué parte tocar, se
decidió por el seno derecho, mientras su mano izquierda dibujaba la línea curva
de sus nalgas. No era la primera vez que se encontraba en esta situación y
sabía que el final se acercaba. Le bajó el pantalón y se llevó el miembro a la
boca; lo imaginó luchando por no perder el sentido, tratando de disfrutar las
caricias que le daba con los labios y la lengua. Cuando sintió las primeras
señales de que el orgasmo se acercaba, se detuvo. Se subió sobre él y metió el
pene por su trasero, él perdió todos los sentidos, ella sonrió, lo tenía
donde quería, ahora solo quedaba dar el siguiente paso, tomar el cuchillo que
guardaba debajo de la almohada y cortarle la garganta de lado a lado, para
después bañarse en su sangre mientras su cuerpo temblaba por el orgasmo, luego
le arrancaría los ojos y se los ofrecería a su diosa para que le concediera un año
más de vida.
Cuando se
inclinó para tomar el arma, vio que él lloraba, se le hizo un nudo en la
garganta, suspiró y lo besó, probando el sabor de sus lágrimas, sabía
que eran por ella. El espejo se resquebrajó, él la inundó con su semen, antes
de que terminara le ordenó que se fuera, no entendía lo que sucedía, con
palabras entrecortadas le decía que la amaba, que le diera la oportunidad de
hacerla feliz. Ella le contestó que no había tiempo y lo sacó a empellones de
la casa. Cuando el hombre salió, la puerta se cerró de golpe, el aire se heló en
segundos, la luz empezó a fallar. Tenía miedo, quiso organizar sus
pensamientos, no hallaba la razón para haberlo liberado. Iba a ser otra de sus
víctimas, de las tantas que habían muerto en su cama. Un ruido se le metió en
la cabeza, era como un quejido que retumbaba por todos los rincones de su
cráneo. Una lágrima resbaló por su mejilla como el semen que bajaba por su
pierna. Camino despacio, por primera vez se sintió desnuda. Se miró en el espejo y
dio un grito de terror al no poder ver la mujer hermosa que había sido, sino la
imagen de una anciana que parecía tener tantos años, que era imposible contar
cada una de las arrugas que la marcaban. Como si todos esos años
fueran suyos, su cuerpo se debilitó, haciendo que cada una de sus células
enfermera. El espejo explotó y varios pedazos cortaron o se clavaron en su
piel. ¡Oh mi diosa! Fue lo único que pudo exclamar cuando se desplomó sobre los
vidrios rotos. Observó la criatura pegajosa y fétida que salía de lugar donde
había estado el espejo, reptando se acercó a ella, abrió las fauces y empezó a
devorarla. La anciana no se movía, aunque hubiera querido hacerlo, no podía, sintió como su carne se quemaba y sus huesos eran triturados, quiso decir algo,
pero la voz no le salió, después de 235 años, este era el final. Cuando la
bestia iba por su pecho, ella dejó de respirar, su corazón se detuvo, su cerebro
se apagó.
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