Me hice escritor para no convertirme en un asesino.

viernes, 4 de enero de 2019

EL ESPEJO


El vestido era de una pieza, así que fue fácil quitárselo, dejó que él la observará, que se excitara con su ropa interior. Se desabrochó con lentitud el sostén y sus redondos senos quedaron libres. Él estaba obsesionado con la pequeña prenda que ocultaba el orificio que quería besar. No se quitó el panty, ni las medias, ni las botas de tacón. Ella sabia como moverse para que un hombre perdiera la cabeza,  suave, lenta, felina, sensual. Se acercó y lo besó en la boca, su lengua se encontró con la de él. Él la acariciaba con torpeza, no sabía qué parte tocar, se decidió por el seno derecho, mientras su mano izquierda dibujaba la línea curva de sus nalgas. No era la primera vez que se encontraba en esta situación y sabía que el final se acercaba. Le bajó el pantalón y se llevó el miembro a la boca; lo imaginó luchando por no perder el sentido, tratando de disfrutar las caricias que le daba con los labios y la lengua. Cuando sintió las primeras señales de que el orgasmo se acercaba, se detuvo. Se subió sobre él y metió el pene por su trasero, él perdió todos los sentidos, ella sonrió, lo tenía donde quería, ahora solo quedaba dar el siguiente paso, tomar el cuchillo que guardaba debajo de la almohada y cortarle la garganta de lado a lado, para después bañarse en su sangre mientras su cuerpo temblaba por el orgasmo, luego le arrancaría los ojos y se los ofrecería a su diosa para que le concediera un año más de vida.
Cuando se inclinó para tomar el arma, vio que él lloraba, se le hizo un nudo en la garganta, suspiró y lo besó, probando el sabor de sus lágrimas, sabía que eran por ella. El espejo se resquebrajó, él la inundó con su semen, antes de que terminara le ordenó que se fuera, no entendía lo que sucedía, con palabras entrecortadas le decía que la amaba, que le diera la oportunidad de hacerla feliz. Ella le contestó que no había tiempo y lo sacó a empellones de la casa. Cuando el hombre salió, la puerta se cerró de golpe, el aire se heló en segundos, la luz empezó a fallar. Tenía miedo, quiso organizar sus pensamientos, no hallaba la razón para haberlo liberado. Iba a ser otra de sus víctimas, de las tantas que habían muerto en su cama. Un ruido se le metió en la cabeza, era como un quejido que retumbaba por todos los rincones de su cráneo. Una lágrima resbaló por su mejilla como el semen que bajaba por su pierna. Camino despacio, por primera vez se sintió desnuda. Se miró en el espejo y dio un grito de terror al no poder ver la mujer hermosa que había sido, sino la imagen de una anciana que parecía tener tantos años, que era imposible contar cada una de las arrugas que la marcaban. Como si todos esos años fueran suyos, su cuerpo se debilitó, haciendo que cada una de sus células enfermera. El espejo explotó y varios pedazos cortaron o se clavaron en su piel. ¡Oh mi diosa! Fue lo único que pudo exclamar cuando se desplomó sobre los vidrios rotos. Observó la criatura pegajosa y fétida que salía de lugar donde había estado el espejo, reptando se acercó a ella, abrió las fauces y empezó a devorarla. La anciana no se movía, aunque hubiera querido hacerlo, no podía, sintió como su carne se quemaba y sus huesos eran triturados, quiso decir algo, pero la voz no le salió, después de 235 años, este era el final. Cuando la bestia iba por su pecho, ella dejó de respirar, su corazón se detuvo, su cerebro se apagó.

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