Tomó el arma al escuchar los gritos de una mujer.
—No vaya, es un lugar peligroso —dijo una anciana detrás de él.
El joven policía no respondió y fue hacia la puerta. Sintió que algo le oprimía el pecho cuando su pie ingresó a la vivienda, quiso devolverse, pensó en la mujer que había gritado y siguió adelante.
Apretó el revólver con ambas manos y entró. Al tercer paso se encontró con un gato que había sido devorado hasta la mitad. El ambiente se enrareció, se le dificultó respirar, el sudor mojó su camisa. Continuó avanzando, la puerta se cerró de golpe, intentó gritar pero los sonidos no brotaron de su garganta. Con el zapato pisó una mancha de sangre que venía de la cabeza abierta de una anciana, el hacha aún estaba pegada al cuerpo. Vio al perro que había sido despedazado parte por parte. El olor era insoportable, algunas moscas volaban sobre los cadáveres, el policía vomitó.
Comenzó a subir al segundo piso. Cada paso pesaba más que el anterior, llegó al último escalón con dificultad. El cuarto del bebe estaba abierto, debajo de la cuna había un reguero de sangre, no fue a mirar para no ver el nuevo horror que allí había. En el pasillo estaba una mujer colgada con una cadena que le había destrozado el cuello.
—Mierda —Exclamó tratando de darse fuerza. Retrocedió, un paso, dos pasos, buscando las escaleras, el pasillo parecía haber crecido y no tener fin. Algo se movió, él dejó caer su arma, esta se disparó, el proyectil le rozó la cara. Aquello volvió a moverse, él se paralizó, la cosa saltó sobre el policía. Todo se oscureció.
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