Señor
juez, lo hice porque ella quería, lo pedía a gritos. Después de quince copas se lanzó sobre mí y restregó sus calzones en mi cara. Le di dos lamidas y
la empujé. Fingí bostezar, en ese momento no me apetecía, había pasado toda la
mañana masturbándome. Continuaba con sus caricias y metió una de sus manos
dentro de mi pantalón. Mi amigo tardo en despertarse. La abofeteé y la tiré
contra el piso. La sangre brotó entre la comisura de sus labios. Vi que iba a gritar y estrellé mi puño contra su nariz haciéndola pedazos. No podía hablar. Saqué mi navaja y le atravesé la garganta. Al ver el color rojo en sus tetas mi verga
al fin se puso dura. Clavé varias veces el acero contra su cuerpo que empezaba
a perder movilidad, solo era un guiñapo de carne. Después con la calma de la
noche, la corté en pequeños pedazos, que cupieran en las diminutas cajas que
después puse en el correo. Así que señor juez, lo hice porque yo no quería
follar en ese momento.
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