Él pudo sentir que su
pene se ponía duro. Esta era la parte más excitante, acechar la presa, esperando
el momento exacto para atacar. Había empezado como un desafío, con el tiempo se
volvió un adicto aquella sensación; era la droga que necesitaba para enfrentar
su agonizante rutina, llevaba drogándose dos veces al mes por dos años. Escuchó
el sonido del tacón acercándose, tragó saliva, esto era mejor que el sexo. Ajustó
los guantes y apretó con fuerza el arma. La vería a los ojos mientras le
clavaba la daga en el pecho, o no serviría de nada. Eyacularía mientras ella lo
bañaba con su sangre. Salió del escondite, ella estaba esperándolo, clavó un
cuchillo en su garganta hasta el mango. Metió su mano derecha dentro del pantalón
y empezó acariciarse por encima del panti.
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