De algún modo sabía que
era el momento. El final estaba cerca. Llamó a uno de sus amigos que se había
ordenado en la misma época que él. Se confesó y pidió perdón por sus pecados. Dejó
escapar un suspiro de satisfacción, estaba en paz y pronto estaría enfrente del creador. Rezó por última vez y cerró los ojos. La muerte lo encontró dormido
y le dio su beso eterno. Cuando el cura abrió los ojos de nuevo, miró con
extrañeza el lugar donde se hallaba. Era un lugar oscuro y helado, una caverna
tan profunda que parecía no tener fin. Se preguntó que estaba pasando, él no
podía estar aquí, debía haber un error. Pudo escuchar el golpe de unas pezuñas
contra la roca que se acercaban. Mientras el perfume del azufre se le metía por
las fosas nasales, él lloró. Recordó todos esos niños purificados detrás del
altar. Limpio las lágrimas de sus ojos y al frente pudo ver un demonio con
una gran verga que apuntaba hacia él: —Al fin, te estaba esperando.
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