Seis de la mañana. Ella
se levanta. Reza un padre nuestro y dos aves marías junto a él. Lo besa en la frente. La sala huele mal, pero ya está acostumbrada, aunque más tarde
gastará medio frasco de aromatizante para erradicar el mal olor por resto del
día. Barre los bichos muertos y cuelga un nuevo papel pegamoscas en medio de la
habitación. Se ha habituado a tenerlo, que por momentos olvida que está ahí,
como esa noche que su nuevo novio le bajó la ropa interior y la penetró brutalmente hasta que la hizo gritar como una perra, como jamás lo había logrado él. Era divertido que estuviera en casa, los vecinos pasan a saludarlo, algunos
hasta contarles sus cosas, la casa está siempre llena de visitas. Hoy es diferente, al fin llegó la carta que esperaba más de un año, el permiso de parte
de la secretaria para poder enterarlo. Dejó escapar una sonrisa, no pensaba que
iba a ser un poco difícil decirle adiós a su esposo, que está tendido sobre la
mesa. Ni siquiera hace un año, esa noche cuando él descubrió que ella le era
infiel. Esa noche que ella le rompió el candelabro en la cabeza.
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