Una lágrima cruza el
rostro del doctor. El revólver tiembla en su mano. Ha fallado dos disparos y
ella se acerca. Dios es un maldito sádico, esto no debía terminar así. Ella se
acerca más, puede sentir un olor putrefacto que llega a su nariz. Quería
desmayarse. Pero debe despedirse de ella. La mujer que ama. La mujer que quiere
saborear su piel.
Le tomó cinco años encontrar
la cura para la extraña enfermedad que atacó a su cónyuge. Una rara bacteria la
estaba devorando por dentro. “Debí esperar una semana más” sería el mantra que repetiría
hasta el día de su muerte. Al observar a los chimpancés con los cuales había
experimentado, estos parecían haber vencido la bacteria, se convenció para
probar la vacuna en su esposa. No podía soportar el verla tendía en la cama
sobre su sangre, heces, orina y fluidos. Estaba tan delgada que se podían
contar las costillas a través de su piel. Sus ojos eran dos cuencas vacías que
parecían decir mátame. Su cabello había caído casi en su totalidad, su piel era
transparente. Ella empezó a recuperarse al tercer día, su mirada empezó a tener
un pequeño brillo de esperanza. A la semana pudo sentarse y no tuvo que usar
pañal. Así que él fue al laboratorio para celebrar su descubrimiento y lo que
encontró fue uno de los primates comiéndose el estómago del otro. Con sangre
fría envenenó el aire de área de pruebas y esperó a que murieran los
chimpancés. El experimento había fallado. En ese instante lo entendió y lloró
con amargura. Tomó el revólver que guardaba en el cajón de su escritorio y
regresó a la casa. Ella tardó tres semanas para empezar a cambiar y él los
aprovechó para robarle un poco más de felicidad a la vida, aunque en el fondo
sabía cuál sería el final de su historia. Lo supo cuando la piel de ella empezó
a caerse a pedazos y a oler a carne muerta. Se olvidó de las palabras para dar
paso a unos guturales quejidos, sus movimientos se hicieron salvajes y violentos.
Tuvo que atarla.
Ahora se ha soltado de
sus ataduras, se acerca con lentitud, un hilillo de saliva y sangre nauseabunda
escapa entre sus labios. Él está herido, ella lo ha mordido. De nuevo ha errado
los disparos. No quiere hacerle daño. No importa en que se ha convertido es la
mujer que juró amar hasta el día de su muerte. El revolver escapa de sus manos
y cae. Trata de alejarse, se arrastra, la pérdida de sangre lo hace lento y
ella se abalanza sobre él. El segundo mordisco
es en el cuello. Muere al instante, no se da cuenta de que ella se alimenta de
su corazón y viseras, antes de salir de la casa, para encontrarse con la niña
de doce años de la casa de al lado. La criatura muere de un infarto cuando la
mujer la ataca. Ella sigue caminando en busca de una nueva víctima. La pequeña se levanta con sus
tripas escapando de su vientre, su mirada ha desaparecido y también comienza su
ruta de muerte… El resto de la historia ya es conocida.
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