Me hice escritor para no convertirme en un asesino.

viernes, 2 de junio de 2017

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Una lágrima cruza el rostro del doctor. El revólver tiembla en su mano. Ha fallado dos disparos y ella se acerca. Dios es un maldito sádico, esto no debía terminar así. Ella se acerca más, puede sentir un olor putrefacto que llega a su nariz. Quería desmayarse. Pero debe despedirse de ella. La mujer que ama. La mujer que quiere saborear su piel.

Le tomó cinco años encontrar la cura para la extraña enfermedad que atacó a su cónyuge. Una rara bacteria la estaba devorando por dentro. “Debí esperar una semana más” sería el mantra que repetiría hasta el día de su muerte. Al observar a los chimpancés con los cuales había experimentado, estos parecían haber vencido la bacteria, se convenció para probar la vacuna en su esposa. No podía soportar el verla tendía en la cama sobre su sangre, heces, orina y fluidos. Estaba tan delgada que se podían contar las costillas a través de su piel. Sus ojos eran dos cuencas vacías que parecían decir mátame. Su cabello había caído casi en su totalidad, su piel era transparente. Ella empezó a recuperarse al tercer día, su mirada empezó a tener un pequeño brillo de esperanza. A la semana pudo sentarse y no tuvo que usar pañal. Así que él fue al laboratorio para celebrar su descubrimiento y lo que encontró fue uno de los primates comiéndose el estómago del otro. Con sangre fría envenenó el aire de área de pruebas y esperó a que murieran los chimpancés. El experimento había fallado. En ese instante lo entendió y lloró con amargura. Tomó el revólver que guardaba en el cajón de su escritorio y regresó a la casa. Ella tardó tres semanas para empezar a cambiar y él los aprovechó para robarle un poco más de felicidad a la vida, aunque en el fondo sabía cuál sería el final de su historia. Lo supo cuando la piel de ella empezó a caerse a pedazos y a oler a carne muerta. Se olvidó de las palabras para dar paso a unos guturales quejidos, sus movimientos se hicieron salvajes y violentos. Tuvo que atarla.

Ahora se ha soltado de sus ataduras, se acerca con lentitud, un hilillo de saliva y sangre nauseabunda escapa entre sus labios. Él está herido, ella lo ha mordido. De nuevo ha errado los disparos. No quiere hacerle daño. No importa en que se ha convertido es la mujer que juró amar hasta el día de su muerte. El revolver escapa de sus manos y cae. Trata de alejarse, se arrastra, la pérdida de sangre lo hace lento y ella se abalanza sobre él. El  segundo mordisco es en el cuello. Muere al instante, no se da cuenta de que ella se alimenta de su corazón y viseras, antes de salir de la casa, para encontrarse con la niña de doce años de la casa de al lado. La criatura muere de un infarto cuando la mujer la ataca. Ella sigue caminando en busca de una  nueva víctima. La pequeña se levanta con sus tripas escapando de su vientre, su mirada ha desaparecido y también comienza su ruta de muerte… El resto de la historia ya es conocida. 

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