Me hice escritor para no convertirme en un asesino.

viernes, 24 de febrero de 2017

LA MUJER DEL ESCRITOR

Se sentía sola. Tenía ganas de llorar. Estaba enojada con el hombre que ahora jugaba solitario en el computador mientras la inspiración regresaba. Esta ya había tardado más de tres años en volver. Era una cascara vacía, no era el hombre del cual ella se había enamorado, ese hombre que una tarde lluviosa le había regalado unos versos de Benedetti. Hoy se había puesto la ropa interior que a él tanto le gustaba, unos calzones rojos que marcaban la forma de sus nalgas. Contoneo tres veces su culo y ninguna reacción. Día tras día la misma rutina, ella estaba desesperada, había llegado el  momento de decir adiós.
Le sirvió  un café y mientras él lo bebía, recordó la primera vez que intentó dejarlo atrás con su tristeza.
—Solo dame una razón por la cual deba quedarme a tu lado —dijo ella con el corazón detenido.
El suspiró y clavó la mirada en las maletas que estaban en la puerta. Quiso correr, huir, dejarla sola. Respiró tratando de ahogar la ansiedad que empezaba a hacer vibrar cada una de sus células y al fin exclamó: —Podría darte miles, que juntos podemos hacer cosas sorprendentes, que contigo soy otra persona, que las cosas son más fáciles a tu lado, que nos necesitamos, que el universo de algún modo nos quiere juntos, que podríamos lograrlo, que utilizaría cada uno de mis días para hacerte feliz. Pero tú me contestarás que no estas lista, que son solo palabras, que yo te volveré a fallar. Entonces yo maldeciré el hecho de estar vivo y no tenerte a mi lado. Solo sé que estas aquí y eso debe ser por algo. Así solo diré, te amo y si tú me quieres, no sé qué hacemos perdiendo el tiempo y deberíamos estar intentando hacernos felices.
Él quiso salir, pero ella lo rodeó con sus brazos. Y así su historia fue escrita por treinta años, de los cuales resultaron dos hijos, tres gatos y la mejor saga policíaca que se escribió en el país. Era el hombre que amaba, su compañero, su amigo, su escritor.  Y ahora ya no existía  desde el día que emulando a Hemingway, dijo que no había podido vencer la hoja en blanco.
La cabeza del escritor se descuelgó contra su pecho. Ella llora por tres minutos y de esa forma se despide de su tusitala.

viernes, 17 de febrero de 2017

Sin titulo

El anciano se tomó un momento y dejo escapar un suspiro con desgano. Él cuenta historias se sentía cansado. Escribir no era lo mismo. Era la misma mierda día tras día. Miró la repisa que se encontraba enfrente de él. Sonrió al ver los libros que en ella estaban, 7 novelas, 5 antologías de cuentos, su autobiografía que le había vendido como ficción a su editora. Los premios y menciones que había ganado en el transcurso del tiempo que había ejercido su oficio de tusitala. Todo era vacío y estúpido, nada era real para él. En ese instante la puerta de su estudio se abrió y entró ella, había tardado 20 años en regresar y decirle: —Aquí estoy, ámame.

—Es tarde —contestó el viejo— ya no importa. Y él cuenta historias se desvaneció en el aire, como cada una de las páginas de amor que había escrito para ella.

viernes, 10 de febrero de 2017

RETORNO

De nuevo estaba en casa, habían pasado diez años desde que se marchó. No era como lo había imaginado, su antigua morada estaba destrozada por el tiempo. Se encontraba vacía, hace mucho que los que vivían ahí dejaron de esperarlo. Acudió al llamado de su rey, dejando a su familia para luchar en una guerra tan absurda que ni él mismo entendía.  Asesinó hombres y orcos en nombre de un monarca que jamás salió de su castillo. Arrastraba el pie derecho, el cual casi pierde por el frío excesivo de las tierras yermas del sur. Su brazo izquierdo apenas soportaba el peso de la espada, éste era inútil desde que alguien lo atacó con un colmillo de dragón. Todos los avatares de la batalla no se comparaban con el dolor que ahora sentía al no encontrar su razón de vida, la esperanza que lo había mantenido vivo en medio de la muerte y el olvido. Dobló las rodillas y cayó, Cerró los ojos para tratar de sofocar las lágrimas que le humedecían el rostro.

Al abrirlos, su mirada se posó en la pequeña puerta que estaba abierta, una luz anaranjada, brillante y acogedora lo llamó. Dejó escapar un suspiro cuando la puerta se abrió un poco y pudo distinguir la silueta de una mujer que se dirigía a hacia él. Era pequeña y delgada, él conocía cada una de sus curvas, que eran solo suyas, Sonrió al ver que el cabello le había vuelto a crecer, era una gran cabellera negra que caía sobre sus hombros. Ella también sonrió, mientras se acercaba a su lado.  Al fin podría besar esos labios que tanto había extrañado. De nuevo estaba en casa.


Arrodillado, con la cabeza inclinada, frente a la destartalada casa, lo encontraría la manada de lobos que se alimentó de su carne.