En un lugar sin tiempo y memoria un hombre bueno se enamoró de un imposible. Condenado por sus ideas, obligado a contemplar las torturas a las que fue sometida su amada. Sus lágrimas se secaron mientras las llamas devoran su razón de ser. Cada hombre, cada mujer, cada niño probó la hiel de su veneno. Cortó, destripó, empaló, destajó a culpables e inocentes por igual. Por cada alma que apagaba su humanidad desaparecía. Sus ojos oscurecieron, rostro de endureció como el mármol, se puso un sombrero desgastado, tomó bastón de madera y empezó su marcha eterna arrastrando su pie derecho…
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