El sueño había huido, sus nervios estaban destruidos, se sentía culpable por tener esos deseos. Buscaba una solución, su vida se estaba viendo afectada. Se dijo que solo sería una vez, que solo era para acabar con el temblor de sus manos. Se puso un vestido rojo y revelador y se fue a un bar. Luego de elegir a uno de los comensales, después varios bailes y tragos fueron al baño. El tipo temblaba mientras le acariciaba el cuerpo, ella sacó una navaja de su sostén, lo empujó con fuerza, lo besó, le susurró al oído: “Que Dios te bendiga” y le clavó el puñal, sonrió y se sintió bien. Al ver la marca de dolor en el rostro del hombre, recordó el rostro de su torturador, el hombre que había matado hacia un año y volvió a clavar el cuchillo una y otra vez, repitiendo el nombre de su marido.
No hay comentarios:
Publicar un comentario