Me hice escritor para no convertirme en un asesino.

viernes, 27 de noviembre de 2020

AMANDA

Después de quince años aún se sentía incómoda haciendo aquella fila. Se había prometido que la haría cuántas veces tuviera que hacerla. Sabía que la observaban, que era juzgada por la anciana que visitaba a su nieto que había propinado 30 puñaladas a un hombre para robarlo, por la dama que visitaba a su esposo que cobraba medio millón por cada muñeco que le encargaban, por la prostituta que tenía varios presos como sus clientes habituales. ¿Qué crimen horrible habría cometido la persona que visitaba, para que ella no les contara? La requisaron y la hicieron seguir por el corredor oscuro y frío que ella conocía. Lo vio sentado a un lado de la cancha de fútbol, fumaba y tomaba un café. Ella suspiró y puso su mejor sonrisa. El viejo se alegró al verla, arrojó el cigarrillo y se acercó. 

—Mi niña, sumercé sabe que no debe venir siempre.

—Mientras pueda siempre vendré a verlo don Andrés. 

Quería abrazarlo, llorar, decirle que lo sentía, pero no podía dejar que el exconductor de taxi, que había matado a un hombre a golpes para evitar que esté la violara, la viera triste. Le entregó lo que le traía, un paquete de cigarrillos, un par de libros del oeste y una foto ella con su diploma de abogada. Le dijo que muy pronto lo sacará a de la cárcel.  


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