Me hice escritor para no convertirme en un asesino.

viernes, 6 de julio de 2018

ENFERMO


Escupe un coágulo de sangre. No entiende que sucede, pero tiene claro que se muere. Uno de sus ojos le duele, parece querer salirse de la cuenca ocular. La nariz le gotea, sangre y mocos bañan su boca. Se siente débil, sin fuerzas, que se orina en el pantalón. Toma las siete píldoras que le ha recetado el médico que intenta descubrir que le pasa. Todo había cambiado desde hace un mes, cuando aquella mujer logró huir y dejar incompleto su ritual. Un ritual que realizaba desde hace tres años y celebra una vez al mes cuando la luna no está en el cielo. Es como si algo le sacudiera el cuerpo, un frenesí que solo el olor de una mujer puede calmar, por eso cuando llega el momento sale en busca de su cura. Tiene que ser bajita, delgada y tener cabello negro, ojalá que lleve medias pantalón y botas de tacón, aunque esto último no es necesario. Después de acecharla, seguirla, ataca y se lanza sobre ella, la golpea rompiéndole la nariz, le desgarra la camisa, le muerde uno de los pezones hasta hacerlo sangrar, le sube la falda y hace a un lado la ropa interior. Después le corta la garganta, abre el pecho, le arranca el corazón y lo devora. Esa última noche fue diferente, mientras eyaculaba ella lo golpeó varias veces logrando zafarse de él. Se limitó a quedarse sentado, mirando al suelo mientras ella se levantaba y le escupía varias palabras que no comprendió. Vomita los dos granos de arroz que había ingerido, mezclado con bilis y sangre. Se deja caer y se estrella contra el piso. Ella sonríe y clava la última aguja en el muñeco.

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