Se
inclinó y con ternura besó los labios inertes de la mujer con la que compartió
su lecho por tantos años. Una lágrima resbaló por su rostro durante el descenso
del féretro. Mientras los dos empleados del lugar cubrían el ataúd, apretó con
fuerza los cordones de los zapatos. Cuando los últimos granos de tierra cayeron
empezó a correr. Corrió y corrió, de un lado a otro, sin detenerse, sin perder
el aliento. Corrió tanto que dejó atrás a la muerte. Vio tres generaciones
desaparecer y al mundo cambiar. Aún sigue corriendo por el camino árido que ya
conoce cada una de sus huellas. El inmortal no ha encontrado alguien que le dé
motivos para detener su carrera.
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