La corbata le estorba.
Su camisa tiene manchas de sudor. El pantalón le fastidia y le pica. La
temperatura del lugar parece aumentar con las horas. Se siente ahogado y creé que no puede soportar un segundo más la perorata de la vieja que se queja por
qué no le autorizan la operación de cataratas a su marido. Él tiene deseos de
abofetearla y decirle por quinta vez que debe ir a la sede principal. Está es
su nueva vida y entiende que debe acostumbrase. Sus líderes, habían firmado. Lo
habían obligado a dejar sus armas, abandonar sus botas sucias y cambiar su
uniforme por un traje que no le queda bien. Extraña la selva, la humedad, el
barro, los disparos, los gritos, la sangre, el olor a muerte que dejaba su
marcha. Todo eso ha terminado, ahora es un hombre de bien, que trabaja ocho horas
y va los domingos a misa. Compra una cena congelada y se dirige a su apartamento,
donde comerá y verá una de las novelas estúpidas hasta dormirse. Está es su rutina diaria desde hace nueve meses. Mientras calienta la comida en el
horno, va al otro cuarto y enciende la luz. Mira al hombre que duerme sobre sus
propias heces, lo levanta con fuerza y lo golpea por espacio de diez
minutos. Sale del cuarto, apaga la luz,
se limpia la sangre, se masturba, come y prende el televisor. Sonríe, hay cosas que no se pueden dejar atrás.
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