Pronto caería esa gran edificación, una obra arquitectónica, el recuerdo de esa ciudad que no regresaría. Nadie pudo o quiso salvarla, así que ese día moriría en manos de los bulldozers. Dicen que fue un gran teatro, yo solo diré que allí vi mis primeras tetas y me hice una paja en la oscuridad, bajo los gemidos de la Cicciolina. Tuve ir a uno de los sótanos del lugar, olía a moho y la humedad me hizo estornudar. Quería salir, pero me encontré con rollo olvidado, lo metí entre mis cosas. En la noche preparé crispetas y un gran vaso de coca cola. Mi pene se despertó, pensando que vería una de las últimas películas porno que se filmaron para la pantalla grande. Todo era oscuro y se escuchaban unos gemidos que luego se convirtieron en gritos. Una luz mortecina alumbró la habitación, había una mujer atada con varios cortes, bañada en su sangre, un hombre pequeño, gordo y mugroso, le arrancaba la piel con un cuchillo. Yo me excité y me masturbé con fuerza, mientras le hacían comer la lengua a la chica. Lo hice dos veces más y me dormí sobre mi porquería. La leyenda era cierta, en aquel teatro se habían hecho cosas que harían feliz al hombre que cojea. Soñé que yo era el gordo y le hacía lo mismo a la chica de la cafetería de la esquina.
(Relato No. 800)
Santiago A. Serna
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