Me hice escritor para no convertirme en un asesino.

jueves, 24 de febrero de 2022

EL ROLLO

Pronto caería esa gran edificación, una obra arquitectónica, el recuerdo de esa ciudad que no regresaría. Nadie pudo o quiso salvarla, así que ese día moriría en manos de los bulldozers. Dicen que fue un gran teatro, yo solo diré que allí vi mis primeras tetas y me hice una paja en la oscuridad, bajo los gemidos de la Cicciolina. Tuve ir a uno de los sótanos del lugar, olía a moho y la humedad me hizo estornudar. Quería salir, pero me encontré con rollo olvidado, lo metí entre mis cosas. En la noche preparé crispetas y un gran vaso de coca cola. Mi pene se despertó, pensando que vería una de las últimas películas porno que se filmaron para la pantalla grande. Todo era oscuro y se escuchaban unos gemidos que luego se convirtieron en gritos. Una luz mortecina alumbró la habitación, había una mujer atada con varios cortes, bañada en su sangre, un hombre pequeño, gordo y mugroso, le arrancaba la piel con un cuchillo. Yo me excité y me masturbé con fuerza, mientras le hacían comer la lengua a la chica. Lo hice dos veces más y me dormí sobre mi porquería. La leyenda era cierta, en aquel teatro se habían hecho cosas que harían feliz al hombre que cojea. Soñé que yo era el gordo y le hacía lo mismo a la chica de la cafetería de la esquina.

(Relato No. 800)

Santiago A. Serna