Me hice escritor para no convertirme en un asesino.

martes, 8 de noviembre de 2022

VENGANZA (CRIMEN)

Vomitó, mis puños al fin habían roto algo dentro de él. Sus lágrimas se mezclaban con sus mocos, clamaba perdón con los ojos, yo solo quería hacerlo sangrar, gritar, anhelaba cortar su piel a pedazos, que cada una de sus células sintiera dolor. Hice trizas su tabique cuando estrellé de nuevo mi puño en su cara. Gritó, una y otra vez, con su boca purulenta suplicaba que lo matara. Y no lo haría, quería hacerle tanto daño que esperaba que al final él no existiera. 

—Jamás fue mi intención, no quería era lastimarla, esa noche no era yo, además, la forma en q… —fueron sus últimas palabras, cuando mis golpees hicieron volar los pocos dientes que le quedaban en su lugar.

Le corté la lengua, no soportaba su voz, clavé mi puñal más de cinco veces en su pecho, volvió a escupir, imaginé que sus pulmones se llenaban de sangre, eso podía disfrutarlo. Me detuve por un instante, pensé que era malo que me estuviera divirtiendo con lo que le estaba haciendo aquel monstruo. Mi copa se llenó de nuevo de ira al recodarla a ella en la estación de policía, envuelta con una roída cobija gris que cubría su ropa destrozada, su cuerpo mancillado, su alma violada, su mirada muerta, sus labios sangrantes. Él se orinó encima, no dejé que perdiera el conocimiento, aún lo necesitaba despierto. Puse el revólver en sus piernas.

—Apriete el gatillo —exclamé— o puedo hacer que esta noche sea eterna.

Fueron tres minutos demasiados largos, sacudí mis manos y me preparé para continuar, cuando vi que tomaba el arma, se lo ponía en la boca y disparaba. Se desplomó a mis pies, seguí pateando su cuerpo por unos minutos más, antes de darme cuenta que todo había terminado. Ella estaba vengada y yo me sentía como una mierda, vacío, incompleto. Caí sobre mis rodillas y lloré, mientras la policía irrumpía en el lugar…

(Relato No. 848)

jueves, 24 de febrero de 2022

EL ROLLO

Pronto caería esa gran edificación, una obra arquitectónica, el recuerdo de esa ciudad que no regresaría. Nadie pudo o quiso salvarla, así que ese día moriría en manos de los bulldozers. Dicen que fue un gran teatro, yo solo diré que allí vi mis primeras tetas y me hice una paja en la oscuridad, bajo los gemidos de la Cicciolina. Tuve ir a uno de los sótanos del lugar, olía a moho y la humedad me hizo estornudar. Quería salir, pero me encontré con rollo olvidado, lo metí entre mis cosas. En la noche preparé crispetas y un gran vaso de coca cola. Mi pene se despertó, pensando que vería una de las últimas películas porno que se filmaron para la pantalla grande. Todo era oscuro y se escuchaban unos gemidos que luego se convirtieron en gritos. Una luz mortecina alumbró la habitación, había una mujer atada con varios cortes, bañada en su sangre, un hombre pequeño, gordo y mugroso, le arrancaba la piel con un cuchillo. Yo me excité y me masturbé con fuerza, mientras le hacían comer la lengua a la chica. Lo hice dos veces más y me dormí sobre mi porquería. La leyenda era cierta, en aquel teatro se habían hecho cosas que harían feliz al hombre que cojea. Soñé que yo era el gordo y le hacía lo mismo a la chica de la cafetería de la esquina.

(Relato No. 800)

Santiago A. Serna


viernes, 28 de enero de 2022

MARLON

Mi nombre es Marlon Alférez, soy un idiota, bueno, un detective, escondido esperando la muerte. En realidad, espero al sargento para que capture al hombre que estar por llegar a este lugar. Un hombre, si a ese monstruo se le puede decir de alguna manera. Mi abuela diría que era el mismísimo demonio. Había asesinado a diecisiete mujeres incluyendo a mi cliente, pero, con ella cambio su ritual, la asesinó en su casa, era hermosa, ni siquiera la sangre y las cuchilladas, ni sus intestinos alrededor de su cuello pudieron opacar la belleza que aquella bestia quiso destruir. Así que, no era un caso más, era venganza. Su secretaria la había encontrado en la tina, después de que me pidiera que investigara a su prometido.

El sudor corre por mi frente, quiero un Pielroja, pero no puedo fumar, debo aguantar. Huelo la muerte, la putrefacción, la sangre descompuesta que satura el lugar. Este sitio es su santuario, donde trae a sus víctimas y su cuchillo juega con ellas. Los minutos pasan, hasta que escucho sus pasos y ruego que el sargento Sánchez no llegue rápido, debo cumplir mi promesa. Intento no respirar, él no debe descubrir que lo espero (no de inmediato). Al fin puedo verlo, lleva una joven de unos 17 años desnuda sobre sus hombros, enfurezco; aunque esto no cambia en nada mi plan, escucho las sirenas, la policía se acerca, debo actuar ya. Salgo de mi escondite, le disparo en la rodilla izquierda, suelta a su presa, cae bufando de dolor y asombro. Disparo una, otra vez, hasta que solo se escucha el clic vacío del gatillo. Al fin recupero el aliento, cuando vuelvo en si veo a mi amigo que atiende a la chica. Enciendo un cigarrillo, las briznas de tabaco me devuelven a la realidad, el sargento me habla pero no entiendo si me regaña, me sermonea o me felicita. Aunque entendía que la había salvado, yo sabía que había sido un asesinato a sangre fría. El tipo no tenía derecho a ver la luz del día. Mientras fumo mi segundo cigarrillo, salgo del lugar, observo en medio de los curiosos a un viejo que se apoya en su bastón y me sonríe.

(Relato No. 795)