La corbata le estorba.
Su camisa tiene manchas de sudor. El pantalón le fastidia y le pica. La
temperatura del lugar parece aumentar con las horas. Se siente ahogado y creé que no puede soportar un segundo más la perorata de la vieja que se queja por
qué no le autorizan la operación de cataratas a su marido. Él tiene deseos de
abofetearla y decirle por quinta vez que debe ir a la sede principal. Está es
su nueva vida y entiende que debe acostumbrase. Sus líderes, habían firmado. Lo
habían obligado a dejar sus armas, abandonar sus botas sucias y cambiar su
uniforme por un traje que no le queda bien. Extraña la selva, la humedad, el
barro, los disparos, los gritos, la sangre, el olor a muerte que dejaba su
marcha. Todo eso ha terminado, ahora es un hombre de bien, que trabaja ocho horas
y va los domingos a misa. Compra una cena congelada y se dirige a su apartamento,
donde comerá y verá una de las novelas estúpidas hasta dormirse. Está es su rutina diaria desde hace nueve meses. Mientras calienta la comida en el
horno, va al otro cuarto y enciende la luz. Mira al hombre que duerme sobre sus
propias heces, lo levanta con fuerza y lo golpea por espacio de diez
minutos. Sale del cuarto, apaga la luz,
se limpia la sangre, se masturba, come y prende el televisor. Sonríe, hay cosas que no se pueden dejar atrás.
Me hice escritor para no convertirme en un asesino.
viernes, 27 de octubre de 2017
viernes, 20 de octubre de 2017
Sin titulo
Sangre. Manos manchadas.
Un cuchillo roto. Lágrimas. Arrepentimiento. Un hombre solo. Olor a podrido.
La tierra removida. Una tumba abierta. Pasos. Lamentos. Escucha su nombre. Su corazón
se detiene.
viernes, 13 de octubre de 2017
Sin titulo
Rió con fuerza, con tal
violencia que hizo que se avergonzara. Él
le atravesó el corazón con una daga. La asesinó por sospecha. Desde ese día se
le conoce como el hombre sin sombra.
viernes, 6 de octubre de 2017
COMBATE
Por: Juan Ramón Vera
El cuchillo en alto. Así como para enterrar en el lomo o en la cabeza. A la otra mano solo le quedan dos dedos. La sangre no forma un charco a sus pies porque es arrastrada por la torrencial lluvia montaña abajo, hasta la próxima quebrada, hasta el río Magdalena. Respira con fuerza y torpeza. Por boca y nariz. Haciendo ruido pero no tanto como para ocultar el gorgoteo amenazante que mana de la garganta de la criatura. Sabe que también está herida. El cuchillo está impregnado de un azul que emite opacos destellos con la escasa claridad. Sabe también que ella lo mide mejor que él. Que puede ver mejor en esa penumbra. Así despedazó uno a uno sus compañeros, adultos y niños. Por primera vez sintió verdadero miedo y concluyó que así debieron sentirse las miles de víctimas que habían caído bajo su mando en nombre de la revolución. Deseó agarrar con sus dedos el crucifijo que colgaba de su cuello pero la criatura lo interrumpió con un rugido que hizo pausar la lluvia por un instante. Con un rápido movimiento de mano cambió de posición el cuchillo y lo puso apuntando hacia arriba, como para enterrar en un vientre. Arqueó las piernas. Sintió un mareo. Perdía mucha sangre. Decidió atacar antes de desfallecer. Corrió hacia la sombra difusa de dónde salió el rugido. Los dedos inertes se balancearon salpicando y causándole dolor. Se le crispó la espalda. Gritó también. La bestia le respondió. No lo amilanó. Siguió. Al instante vio que venía a su encuentro, corriendo. Era lo que esperaba. Él guerrillero saltó. La criatura lo embistió, con su cabeza. Él se agarró de sus numerosas puntas y cuernos. Alguno se le encajó en las costillas. Y puñaleó lo que calculó era el cuello. Hizo peso a un lado y al otro. Rodaron. Los golpes con las piedras mientras bajaban a toda velocidad por aquella vía destapada no lo hicieron desistir de seguir aferrado. Llegaron al borde de un precipicio. Se sintió muy débil y la bestia quería deshacerse de él. Pero decidió dar una última puñalada, con su cuchillo de un pie de largo. Fue efectiva. La bestia rugió de dolor. Perdió fuerza. Él la dirigió al precipicio como un piloto suicida. Cayeron. Pedazos del uno y del otro quedaron regados por una caída de más de cien metros. El guerrillero nunca aprendió a leer pero combatió de igual a igual en una lucha interestelar.
El cuchillo en alto. Así como para enterrar en el lomo o en la cabeza. A la otra mano solo le quedan dos dedos. La sangre no forma un charco a sus pies porque es arrastrada por la torrencial lluvia montaña abajo, hasta la próxima quebrada, hasta el río Magdalena. Respira con fuerza y torpeza. Por boca y nariz. Haciendo ruido pero no tanto como para ocultar el gorgoteo amenazante que mana de la garganta de la criatura. Sabe que también está herida. El cuchillo está impregnado de un azul que emite opacos destellos con la escasa claridad. Sabe también que ella lo mide mejor que él. Que puede ver mejor en esa penumbra. Así despedazó uno a uno sus compañeros, adultos y niños. Por primera vez sintió verdadero miedo y concluyó que así debieron sentirse las miles de víctimas que habían caído bajo su mando en nombre de la revolución. Deseó agarrar con sus dedos el crucifijo que colgaba de su cuello pero la criatura lo interrumpió con un rugido que hizo pausar la lluvia por un instante. Con un rápido movimiento de mano cambió de posición el cuchillo y lo puso apuntando hacia arriba, como para enterrar en un vientre. Arqueó las piernas. Sintió un mareo. Perdía mucha sangre. Decidió atacar antes de desfallecer. Corrió hacia la sombra difusa de dónde salió el rugido. Los dedos inertes se balancearon salpicando y causándole dolor. Se le crispó la espalda. Gritó también. La bestia le respondió. No lo amilanó. Siguió. Al instante vio que venía a su encuentro, corriendo. Era lo que esperaba. Él guerrillero saltó. La criatura lo embistió, con su cabeza. Él se agarró de sus numerosas puntas y cuernos. Alguno se le encajó en las costillas. Y puñaleó lo que calculó era el cuello. Hizo peso a un lado y al otro. Rodaron. Los golpes con las piedras mientras bajaban a toda velocidad por aquella vía destapada no lo hicieron desistir de seguir aferrado. Llegaron al borde de un precipicio. Se sintió muy débil y la bestia quería deshacerse de él. Pero decidió dar una última puñalada, con su cuchillo de un pie de largo. Fue efectiva. La bestia rugió de dolor. Perdió fuerza. Él la dirigió al precipicio como un piloto suicida. Cayeron. Pedazos del uno y del otro quedaron regados por una caída de más de cien metros. El guerrillero nunca aprendió a leer pero combatió de igual a igual en una lucha interestelar.
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