Le
da un beso en la frente a su pequeña Diana. Se detiene por un segundo para
mirarla y piensa que a los 17 se parece mucho a su madre. Esa perra que se
había ido hace siete años con su mejor amigo. Él había hecho tripas corazón y
se había convertido en padre y madre de sus hijos. Se cercioró que
Guillermo este dormido y no jugando debajo de las cobijas como acostumbraba
desde que había descubierto el internet. Era otro día normal en la casa. Bajó
con lentitud y fue hacia lo cocina, bebió un sorbo de leche, se aseguró que
todo estuviera apagado, se dirigió al sótano. Prendió la luz y esperó unos
segundos mientras sus ojos se acostumbraban a la luz mortecina y amarillenta
que alumbró el lugar. Fue aun lado de la sala, sin prestar atención a la joven
que empezaba a despertar de los efectos de la droga que él había puesto en su
refresco. La chica pudo ver que solo estaba vestida con su ropa interior, que
estaba atada sobre una mesa helada que le hacía estremecer el cuerpo, comenzó a
forcejear con las ataduras y se dio cuenta que era imposible gritar ya que un trozo
de tela le obstruía la boca. Se puso los guantes, un delantal blanco y se miró
al espejo, sus ojos brillaron, el rostro pareció cambiarle, como si fuera otra
persona, con una sonrisa macabra, con un oscuro deseo. Se acercó y acarició el
rostro de la chica. La besó en la frente
y con la lengua babeante recorrió el rostro hasta llegar a uno de los
senos, mordió uno de los pezones hasta que lo arrancó, la chica pidió a su
padre muerto que viniera por ella.
Aguardó
a que pasara una hora, quería saber qué hacía su padre en el sótano una vez al
mes, dos veces estuvo a punto de descubrirlo, pero se había quedado dormida. Así
que se levantó de la cama y caminó despacio, intentando que el piso no sonara bajo
sus pies. Se sentía nerviosa, quiso devolverse unas dos veces, pero la
curiosidad era más fuerte que el miedo.
Estaba
absorto en lo que hacía, había cortado varios lugares del cuerpo de la joven,
la erección llegaba a su cenit. Ella no lloraba, no forcejeaba, solo deseaba a
que el final llegara aunque este aún parecía lejano. Eyaculó cuando clavó el
cuchillo en el pecho de la víctima, destrozando el pulmón izquierdo, la boca de
la chica se llenó de sangre. Él no vio cuando su hija entró y se hizo detrás de
él.
Quería
gritar, pero los sonidos se ahogaron en la garganta, no estaba asustada, solo
asombrada, no por la sangre, no por la chica despedazada si no de la erección
que aún era notable en el pantalón de su padre.
Cuando
al fin se dio cuenta de la presencia de Diana, dejó caer el cuchillo e intentó
limpiar la sangre de las manos. Los dos se miraron, ninguno pronunció palabra
alguna, él trató de acercarse y abrazarla, pero no lo hizo. Ella tampoco se
marchaba.
—Padre…
—exclamó Diana.
—No
sé qué decir, solo que no puedo evitarlo, no puedo explicarlo…
—Pensé
que era mala, que algo estaba mal en mí. Que mis sueños eran aberrantes. Que
esa sed de sangre que me agobia era perversa. Ahora lo entiendo todo, soy hija
del demonio. —Recogió el cuchillo del suelo, miró con ternura a su progenitor y
se acercó a la camilla. Sin dudarlo clavó el arma en la yugular de la pobre
chica, que daba gracias por su fin.