Vomitó, mis puños al fin habían roto algo dentro de él. Sus lágrimas se mezclaban con sus mocos, clamaba perdón con los ojos, yo solo quería hacerlo sangrar, gritar, anhelaba cortar su piel a pedazos, que cada una de sus células sintiera dolor. Hice trizas su tabique cuando estrellé de nuevo mi puño en su cara. Gritó, una y otra vez, con su boca purulenta suplicaba que lo matara. Y no lo haría, quería hacerle tanto daño que esperaba que al final él no existiera.
—Jamás fue mi intención, no quería era lastimarla, esa noche no era yo, además, la forma en q… —fueron sus últimas palabras, cuando mis golpees hicieron volar los pocos dientes que le quedaban en su lugar.
Le
corté la lengua, no soportaba su voz, clavé mi puñal más de cinco veces en su
pecho, volvió a escupir, imaginé que sus pulmones se llenaban de sangre, eso podía
disfrutarlo. Me detuve por un instante, pensé que era malo que me estuviera divirtiendo
con lo que le estaba haciendo aquel monstruo. Mi copa se llenó de nuevo de ira
al recodarla a ella en la estación de policía, envuelta con una roída cobija
gris que cubría su ropa destrozada, su cuerpo mancillado, su alma violada, su
mirada muerta, sus labios sangrantes. Él se orinó encima, no dejé que perdiera
el conocimiento, aún lo necesitaba despierto. Puse el revólver en sus piernas.
—Apriete
el gatillo —exclamé— o puedo hacer que esta noche sea eterna.
Fueron tres minutos demasiados largos, sacudí mis manos y me preparé para continuar, cuando vi que tomaba el arma, se lo ponía en la boca y disparaba. Se desplomó a mis pies, seguí pateando su cuerpo por unos minutos más, antes de darme cuenta que todo había terminado. Ella estaba vengada y yo me sentía como una mierda, vacío, incompleto. Caí sobre mis rodillas y lloré, mientras la policía irrumpía en el lugar…
(Relato No. 848)