Me hice escritor para no convertirme en un asesino.

viernes, 28 de enero de 2022

MARLON

Mi nombre es Marlon Alférez, soy un idiota, bueno, un detective, escondido esperando la muerte. En realidad, espero al sargento para que capture al hombre que estar por llegar a este lugar. Un hombre, si a ese monstruo se le puede decir de alguna manera. Mi abuela diría que era el mismísimo demonio. Había asesinado a diecisiete mujeres incluyendo a mi cliente, pero, con ella cambio su ritual, la asesinó en su casa, era hermosa, ni siquiera la sangre y las cuchilladas, ni sus intestinos alrededor de su cuello pudieron opacar la belleza que aquella bestia quiso destruir. Así que, no era un caso más, era venganza. Su secretaria la había encontrado en la tina, después de que me pidiera que investigara a su prometido.

El sudor corre por mi frente, quiero un Pielroja, pero no puedo fumar, debo aguantar. Huelo la muerte, la putrefacción, la sangre descompuesta que satura el lugar. Este sitio es su santuario, donde trae a sus víctimas y su cuchillo juega con ellas. Los minutos pasan, hasta que escucho sus pasos y ruego que el sargento Sánchez no llegue rápido, debo cumplir mi promesa. Intento no respirar, él no debe descubrir que lo espero (no de inmediato). Al fin puedo verlo, lleva una joven de unos 17 años desnuda sobre sus hombros, enfurezco; aunque esto no cambia en nada mi plan, escucho las sirenas, la policía se acerca, debo actuar ya. Salgo de mi escondite, le disparo en la rodilla izquierda, suelta a su presa, cae bufando de dolor y asombro. Disparo una, otra vez, hasta que solo se escucha el clic vacío del gatillo. Al fin recupero el aliento, cuando vuelvo en si veo a mi amigo que atiende a la chica. Enciendo un cigarrillo, las briznas de tabaco me devuelven a la realidad, el sargento me habla pero no entiendo si me regaña, me sermonea o me felicita. Aunque entendía que la había salvado, yo sabía que había sido un asesinato a sangre fría. El tipo no tenía derecho a ver la luz del día. Mientras fumo mi segundo cigarrillo, salgo del lugar, observo en medio de los curiosos a un viejo que se apoya en su bastón y me sonríe.

(Relato No. 795)